martes, 31 de enero de 2012

La píldora chivata


Comprar, escribir, ligar o trabajar. Ya inmersos en este relativamente nuevo mundo digital no es extraño que la medicina cambie de acera para dar también el salto a lo digital

Una empresa estadounidense de biomedicina espera tener listo para fin de año un biosensor que, con sólo tragarlo, monitorice al paciente y pueda dar información a los médicos (vía Whatsapp, se me ocurre) sobre su salud y sobre si se está tomando la medicación adecuadamente. Un chivato en toda regla. 

Estas noticias producen en ciertas personas (como yo) una mezcla de admiración e inquietud. La admiración viene, desde luego, por la capacidad de algunos seres humanos para inventar, pensar y desarrollar ideas que parecen de ciencia ficción. La inquietud viene al vislumbrar el derrumbe de ‘la paradoja del enfermo’, una actitud frente a los médicos que oscila entre la versión light del  Síndrome de Münchhausen (exagerar los síntomas de una enfermedad) y el inventado SDNP (Síndrome del Deportista No Practicante), en el que se fingen unos hábitos de vida que no se tienen en absoluto. 

Muchos pacientes, nada más atravesar la puerta de la consulta de un médico, cogen aire para comenzar su interpretación: agarran sus pañuelos con desesperación, tosen de forma algo forzada y entrecierran los ojos para dar un aire algo más lastimoso a su aspecto. Están enfermos, sí, pero ¡qué se note!, no vayan a pasar desapercibidos ante un médico despistado. En realidad sólo buscamos un poquito de atención y unas cuantas dosis de amoxicilina. Yo lo encuentro razonable. 

La segunda parte de la interpretación viene con el interrogatorio médico: si nos preguntan cuánto fumamos siempre restaremos 6 ó 7 cigarros al total. ¿Qué si comemos variado?, por supuesto. ¿Ejercicio?, 3 ó 4 veces a la semana (aunque alguno lleve sin moverse del ordenador meses), bueno, si cuenta el sexo, piensas… da igual, mejor dejarlo como está.  

Los médicos saben que esto se hace (mentir), lo que desconsuela un poco, aunque aún así el enfermo (ya con otra cara) se va con su receta de amoxicilina tan feliz creyendo que ha dado un palo como el del Dioni. Y total, ¿para qué? Empiezas a tomar antibióticos y al segundo día se te olvidan en casa, en otra ocasión no te lo tomas por aquello de no estropear el vino con sustancias raras… y así hasta estar curado a pesar de no haber tomado la medicación como debías. 

Las empresas de biomedicina han visto un filón en esto y se han puesto manos a la obra para desarrollar lo impensable. Un sensor del tamaño de un grano de arena que se ingiere, se activa con los jugos gástricos e inmediatamente manda información a un parche que se llevaría pegado en el brazo y que a su vez estaría comunicado con el personal sanitario. Además, los investigadores dicen que podría dar alguna información extra y algo incómoda, como las horas que se han dormido o el ejercicio practicado (o no practicado, en muchos casos). 

Evidentemente este invento puede ser muy útil para pacientes que tienen problemas para recordar que tienen que tomar su medicación o para aquellos con desórdenes psiquiátricos en los que es vital que la tomen. 

Pero muchas veces la imaginación no puede evitar huir de lo práctico y de las ventajas prometedoras para dibujar una escena en la que una noche, en mitad de una copa de vino compartida, recibes un Whatsapp del médico recordándote que no te has tomado la amoxicilina y, ya de paso, animándote a que apagues ese cigarro y te vayas a la cama, que ya va siendo hora.