domingo, 16 de septiembre de 2012

¿La culpa fue de Shakespeare?


Un ornitólogo escribió que los estorninos no hacen nada con moderación: se instalan en cualquier rincón desplazando a quién se interponga en su camino, se reproducen con facilidad pasmosa hasta en las condiciones climatológicas más extremas, devoran frutales y campos enteros de trigo y cantan (según la mayoría de los neoyorkinos, hacen ruido) todo el día.
Pero si se habla de esta falta de moderación, virtud humana, realmente de quién viene al caso hablar es del responsable de la introducción del estornino europeo en Norteamércia, Eugene Schieffelin, un fabricante de medicamentos que a finales del siglo XIX tuvo la romántica idea de introducir en su país todas las especies de pájaros que aparecen en las obras de Shakespeare.

martes, 28 de agosto de 2012

La fórmula preferida del profesor



Estas vacaciones he aprendido que además de números primos, hay números amigos, números perfectos o fórmulas matemáticas que pueden ser bellas, como aquel binomio que nos acercó Pessoa o esa fórmula que el profesor prefiere por encima de las demás.

El profesor no es sino el personaje más entrañable que he conocido este verano a través de las páginas del libro de la escritora japonesa Yoko Ogawa, ‘La fórmula preferida del profesor’.

El libro, de una gran ternura y sencillez, cuenta la amistad que surge entre un viejo profesor con amnesia y una asistenta y su hijo. El gran descubrimiento es que Ogawa consigue emocionar al lector apoyándose en las matemáticas, en la belleza de los números.
Identidad de Euler
Y es que además de descubrir con ilusión casi infantil que los números 220 y 284 son números amigos porque la suma de los divisores de 220 es igual a 284 y viceversa, el libro nos acerca también a la realidad de alguien que no es capaz de recordar más allá de 80 minutos tras un accidente que detiene sus recuerdos en 1975. Y cómo pueden construirse las relaciones personales a partir de esa nueva realidad, en la que un posit en la solapa de una vieja chaqueta recuerda dolorosamente: ‘mi memoria sólo dura 80 minutos’.

Al pensar en literatura, matemáticas y memoria, he recordado a Borges, en cuyos cuentos están muy presentes algunos conceptos matemáticos y filosóficos como el infinito, que aparece en ‘Las ruinas circulares’ o en ‘El Aleph’, y  ‘Funes el memorioso’, donde el problema del protagonista es precisamente el contrario al del profesor, Funes recuerda cada imagen que pasa por su retina, en palabras de Borges: “No sólo le costaba comprender que el símbolo genérico perro abarcara tantos individuos dispares de diversos tamaños y diversa forma; le molestaba que el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto (visto de frente).

Pero quizás en Borges las matemáticas brotan en su expresión más abstracta, una concepción que más que explicar siembra en el lector la incertidumbre de no saber, el misterio que arrastran o la imposibilidad de comprender.  Un lenguaje el de Borges que según muchos es en sí lógico y matemático.

Sin embargo al terminar ‘La fórmula preferida del profesor’, uno tiene la sensación de que ha descubierto una verdad sencilla que estaba ahí pero que nadie nos la había contado nunca. Y al cerrar el libro comienza un juego que aún me persigue: fijarme en un número impreso en cualquier puerta o en un teléfono para intentar descubrir si es un número primo, perfecto o sencillamente, amigo.

*Cienciaen35mm también está en Radiosíntesis

martes, 10 de julio de 2012

La impresión de la ciencia


Isabel Molina
Sus dibujos son de una delicadeza extrema, detallistas y sugerentes. Además de retratar fielmente las poblaciones neuronales del cerebelo o cómo las fibras trepadoras abrazan a las dendritas de las células de Purkinje, la mano artística de Santiago Ramón y Cajal consiguió que uno pudiera admirar sus ilustraciones más allá del punto de vista puramente anatómico. Sus dibujos le ayudaban a entender lo que veía a través del microscopio, dándole la posibilidad de imaginar que no era un tejido muerto y fijado en una placa, sino algo vivo que era así por alguna razón que era necesario descubrir.
Células y fibras del cerebelo descritas y dibujadas por Cajal. Con permiso del Instituto Cajal
En el último siglo los científicos han dejado a un lado el lápiz y se ayudan del tremendo avance de la tecnología de la imagen: microscopios y telescopios, escáneres, resonancias, satélites o microcámaras que muestran el interior del cuerpo humano, incluso impresoras 3D. Nunca antes se tuvo tanta información visual en las investigaciones (salvo excepciones, porque Cajal pintó miles de ilustraciones de sus trabajos. Unas 2000 están en el Instituto Cajal, del CSIC).
Pero a pesar de estar viviendo en la era de la fotografía científica, muchos artistas no han dejado de pintar la ciencia y la naturaleza. Hace no mucho se subastaba el que se ha convertido en el libro más caro de la historia, que no es uno de Shakespeare, sino ‘Aves de América’, un inmenso y fiel catálogo de la fauna que sobrevolaba América a finales del siglo XIX. Un libro de acuarelas en su mayoría, compuesto por 435 láminas de 1.065 aves de 489 especies de todo el continente que pintó John James Audubon.
Pelecanus erythrorhynchos y rascón real. John J. Audubon. Dominio público
Los ilustradores cuentan lo que nos rodea a golpe de pincel y ponen sobre lienzo aquello que otros sólo pueden contar con datos o palabras más o menos exactas. Permiten la fusión perfecta entre ciencia y arte y nos enseñan la anatomía de un murciélago o el esqueleto de un dinosaurio tal como murió hace millones de años, retratos que aún sin tener pretensiones científicas nos acercan al mundo natural, la paleontología o la astronomía. Porque conviene distinguir a los ilustradores cuyo arte no pretende contar ciencia de aquellos (científicos en su mayoría) que sí tienen esa vocación.

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sábado, 23 de junio de 2012

El derecho a sentirse mal


Isabel Molina
Cuentan que una visita que le hizo a su mujer en un sanatorio en el que estaba siendo tratada de una infección pulmonar, le inspiró un cuento corto. Pero lo cierto es que finalmente Thomas Mann escribió una novela de 700 páginas y más adelante recibió el premio Nobel.
Muchos escritores han encontrado a lo largo de la historia de la literatura un refugio, alivio o inspiración en la enfermedad. Un lugar desde el que se han permitido reflexionar sobre la muerte o los conflictos de la época, a través del cual han podido trazar una radiografía de la sociedad del momento…pero siempre con el escenario de la enfermedad, ya sea individual o colectiva, de fondo. O a veces, como es el caso de la novela ‘Todo esto para qué’, en un absoluto primer plano.
La tuberculosis le dio a Mann la ‘excusa’ para contar la realidad social, intelectual y filosófica de su época. Qué mejor manera de justificar las largas horas de conversaciones eternas y profundas de sus protagonistas que enmarcándolas en el ritmo lento y enfermizo de un sanatorio de tuberculosos.
Pero si en el siglo pasado fueron las plagas como la peste, o la tuberculosis las que inspiraron a algunos escritores, la enfermedad de este siglo es sin duda el cáncer, que ya empieza a tener su propia y cada vez mayor, biblioteca de ficción: el cáncer como punto de inflexión y cicatriz personal que permite al protagonista dar un giro inesperado a su vida; historias en las que la amargura y tristeza producidas por la enfermedad encuentran consuelo y calma donde nunca antes se hubiera buscado; también relatos surrealistas, tiernos y poéticos como el de Boris Vian, que nos contó el cáncer (sin nombrarlo), como un nenúfar creciendo dentro de un pulmón.
Ahora bien, el planteamiento de Lionel Shriver en ‘Todo esto para qué’ no es precisamente poético. Ni reposado o reflexivo. Esta novela rezuma humor, rabia y sinceridad y se atreve a plantear el cáncer en términos poco frecuentes.
Uno de ellos, cuánto cuesta tener cáncer.

miércoles, 30 de mayo de 2012

Comerse una manzana dos veces por semana


Isabel Molina
Hace un año Michael Snyder, investigador de la universidad de Standford, era un tipo sano (al menos él se sentía así) que iba cada día con su mochila en bicicleta a su laboratorio en el Centro de Genómica y Medicina Personalizada.


Un año después, Snyder sigue sintiéndose igual de sano, pero ahora sabe que tiene riesgo de padecer una enfermedad coronaria, de desarrollar hipertrigliceridemia, diabetes y un carcinoma de células basales. Y el pobre se creía sano…


Son algunos de los resultados (o consecuencias, según se mire) del mayor experimento de medicina personalizada que se ha hecho hasta la fecha, y trata de demostrar que con las tecnologías actuales se puede analizar casi todo lo imaginable en un persona, desde su genoma hasta en qué momentos su cuerpo produce determinadas proteínas, la predisposición a determinadas patologías, la longitud de sus telómeros (un indicador de edad biológica de las células) o cómo influye en él una leve infección vírica.


A muchos nos parecerá que esto es sencillamente demasiada información, pero la nueva medicina hace tiempo que tiende a la personalización…. de tratamientos contra el cáncer, de análisis de los genomas de varias enfermedades. Es el futuro, y Snyder ya lo ha vivido en sus propias carnes.


Y como nos cuentan los compañeros del programa ‘Todo es química 7’, de Radiosíntesis, en esta nueva línea ‘personalizadora’ se encuentra también la foodómica.


¿Foo..qué?. La palabra suena extraña, sí. Pero si se coloca un guión hábilmente,  food-ómica,  empieza a cobrar cierto sentido.


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lunes, 16 de abril de 2012

Lafora vs Valle-Inclán

“Por lo visto el señor Valle-Inclán cree que somos tontos los que, al ver a un hábil prestidigitador japonés pescar un pez vivo entre el auditorio, o convertir unos huevos en polluelos bajo un sombrero, o hacer cualquier otra habilidad ilusionista, no averiguamos el truco empleado”.

Con estas palabras se defendía el médico español Gonzalo Rodríguez Lafora en el diario El Sol de las acusaciones de Valle-Inclán a raíz de un curioso caso que tuvo gran repercusión en aquella época, los años veinte del siglo pasado.

Además de un médico prestigioso, que se rodeó de los mejores (el Dr. Alzheimer o Ramón y Cajal), que trabajó algunos años en el Hospital Saint Elizabeth de Washington…Lafora era un científico serio que no estaba dispuesto a creer en supersticiones y superpoderes. De ahí que aceptara participar junto con otros científicos en la demostración que iba a hacer Joaquín Argamasilla, un joven que afirmaba tener poderes para ver a través de los cuerpos opacos, especialmente los metálicos.


La función comenzó con la salida de la habitación de Argamasilla. Uno de los presentes introdujo un recorte de periódico dentro de una de las cajas metálicas que traía el propio hombre con supuestos superpoderes. Éste volvió a la habitación, se le vendaron los ojos y después de un rato de incertidumbre y mucha concentración, leyó sin equivocarse lo que estaba escrito en el interior.

Según Lafora el truco desde luego que era bueno, pero de ahí a creer que no era un truco…por ahí sí que no pasaba. Pero Valle-Inclán, del que se dice que no era tan bohemio, aunque sí peculiar y siempre polémico (y amigo personal de la familia de Argamasilla), afirmó que si un montón de científicos no eran capaces de encontrar el truco, es que no debía de haber ninguno. De ahí la contestación del doctor Lafora a través de las páginas del diario.

Pero Rodríguez Lafora no pasó a la historia por haber intercambiado pareceres con Valle-Inclán, desde luego...

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lunes, 19 de marzo de 2012

La mosca que salió de la habitación 613

Isabel Molina
No todos los que se acercaban hace unos cien años a la puerta número 613 del Schermerhorn Hall, en la Universidad de Columbia, se atrevían a llamar. Pero los que una vez lo hicieron pudieron ver a ocho científicos trabajando sin descanso y rodeados de botellas llenas de pequeñas moscas. Un espectáculo extraño pero sin duda productivo ya que, de la posteriormente conocida como ‘Habitación de las Moscas’, salieron 5 premios Nobel y muchas, muchas moscas.

La persona que lideró este grupo excepcional de científicos fue Thomas Hunt Morgan, que descubrió que los genes, localizados en posiciones específicas en los cromosomas, eran la unidad de la herencia mendeliana y suponían la base de la evolución darwiniana y del control del desarrollo.
Los pequeños invertebrados que se apretaban en las botellas eran moscas de la fruta (Drosophila melanogaster), un insecto que tiene en común con los humanos mucho más de lo que por aquel entonces podía imaginar Morgan.

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martes, 31 de enero de 2012

La píldora chivata


Comprar, escribir, ligar o trabajar. Ya inmersos en este relativamente nuevo mundo digital no es extraño que la medicina cambie de acera para dar también el salto a lo digital

Una empresa estadounidense de biomedicina espera tener listo para fin de año un biosensor que, con sólo tragarlo, monitorice al paciente y pueda dar información a los médicos (vía Whatsapp, se me ocurre) sobre su salud y sobre si se está tomando la medicación adecuadamente. Un chivato en toda regla. 

Estas noticias producen en ciertas personas (como yo) una mezcla de admiración e inquietud. La admiración viene, desde luego, por la capacidad de algunos seres humanos para inventar, pensar y desarrollar ideas que parecen de ciencia ficción. La inquietud viene al vislumbrar el derrumbe de ‘la paradoja del enfermo’, una actitud frente a los médicos que oscila entre la versión light del  Síndrome de Münchhausen (exagerar los síntomas de una enfermedad) y el inventado SDNP (Síndrome del Deportista No Practicante), en el que se fingen unos hábitos de vida que no se tienen en absoluto. 

Muchos pacientes, nada más atravesar la puerta de la consulta de un médico, cogen aire para comenzar su interpretación: agarran sus pañuelos con desesperación, tosen de forma algo forzada y entrecierran los ojos para dar un aire algo más lastimoso a su aspecto. Están enfermos, sí, pero ¡qué se note!, no vayan a pasar desapercibidos ante un médico despistado. En realidad sólo buscamos un poquito de atención y unas cuantas dosis de amoxicilina. Yo lo encuentro razonable. 

La segunda parte de la interpretación viene con el interrogatorio médico: si nos preguntan cuánto fumamos siempre restaremos 6 ó 7 cigarros al total. ¿Qué si comemos variado?, por supuesto. ¿Ejercicio?, 3 ó 4 veces a la semana (aunque alguno lleve sin moverse del ordenador meses), bueno, si cuenta el sexo, piensas… da igual, mejor dejarlo como está.  

Los médicos saben que esto se hace (mentir), lo que desconsuela un poco, aunque aún así el enfermo (ya con otra cara) se va con su receta de amoxicilina tan feliz creyendo que ha dado un palo como el del Dioni. Y total, ¿para qué? Empiezas a tomar antibióticos y al segundo día se te olvidan en casa, en otra ocasión no te lo tomas por aquello de no estropear el vino con sustancias raras… y así hasta estar curado a pesar de no haber tomado la medicación como debías. 

Las empresas de biomedicina han visto un filón en esto y se han puesto manos a la obra para desarrollar lo impensable. Un sensor del tamaño de un grano de arena que se ingiere, se activa con los jugos gástricos e inmediatamente manda información a un parche que se llevaría pegado en el brazo y que a su vez estaría comunicado con el personal sanitario. Además, los investigadores dicen que podría dar alguna información extra y algo incómoda, como las horas que se han dormido o el ejercicio practicado (o no practicado, en muchos casos). 

Evidentemente este invento puede ser muy útil para pacientes que tienen problemas para recordar que tienen que tomar su medicación o para aquellos con desórdenes psiquiátricos en los que es vital que la tomen. 

Pero muchas veces la imaginación no puede evitar huir de lo práctico y de las ventajas prometedoras para dibujar una escena en la que una noche, en mitad de una copa de vino compartida, recibes un Whatsapp del médico recordándote que no te has tomado la amoxicilina y, ya de paso, animándote a que apagues ese cigarro y te vayas a la cama, que ya va siendo hora.