lunes, 28 de noviembre de 2011

Las fisuras del 'fracking'

No es un nuevo deporte de riesgo, aunque riesgo sí parece tener, sobre todo medioambientalmente hablando.

La fractura hidráulica es la relativamente nueva manera de extraer el gas natural que se encuentra embebido en las rocas y que resulta de difícil extraccion por no encontrarse en bolsas en piedras porosas sino en microburbujas que forman parte de materiales poco porosos como la pizarra y que además se encuentran a gran profundidad.

La manera:
Perforar verticalmente hasta el estrato donde se encuentra la pizarra. Una vez allí continuar perforando, ahora horizontalmente, a lo largo de 1-3 km. El área de perforación se recubre con cemento para evitar fugas a los acuíferos cercanos, y con explosivos se crean microfracturas en la roca. En ellas se inyecta posteriormente grandes cantidades de agua, arena y productos químicos que ejercen gran presión, aumentan el tamaño de las fracturas y hacen que el gas acumulado salga.  


El uso de esta técnica se ha extendido en los últimos años debido a la dependencia energética mundial de combustibles fósiles (carbón, petróleo, gas).  O todos reducimos nuestro consumo energético drásticamente o no parece probable que en los próximos años éstos vayan a ser sustituidos por energías renovables o por la oveja negra de las energías, la nuclear. De forma que la necesidad de obtener más combustible ha hecho que se extienda el fracking desde EE.UU a otros países.

Los problemas de la fractura hidráulica

Escapes de metano
Aunque el gas natural se considera uno de los combustibles fósiles más limpios porque produce menos CO2 que la combustión de carbón, no hay que olvidar que está compuesto en su mayor parte por metano (CH4), un gas con capacidad para producir un efecto invernadero hasta 105 veces superior al CO2. Según un estudio liderado por el investigador Robert Howarth de la universidad de Cornell, durante el fracking se escapa hasta el 8% del metano, el doble que con la extracción convencional de gas.

Productos químicos
Entre los productos químicos que se añaden en la mezcla agua-arena, parece que hay bencenos, toluenos y cianuros, con un alto poder contaminante. Aunque la sonda se recubre con cemento para evitar fugas, el riesgo de contaminación de acuíferos está presente y en EE.UU ya hay denuncias por agua en mal estado.  

Muchas rocas contienen de forma natural elementos radiactivos como torio o uranio, que podrían liberarse en el proceso de fractura hidráulica.
  
Fracturas
A día de hoy tampoco existen muchos datos del impacto que puede tener la existencia de estas fisuras artificiales en el subsuelo y en su actividad.


Aunque hasta el momento el único país que utiliza el fracking de forma masiva es EE.UU, parece que este método de extracción se está extendiendo por todo el mundo. En España existe una plataforma en contra del fracking, que investiga los permisos y las empresas que pueden o podrían tener planes de explotación mediante esta técnica.

La EPA (agencia de protección medioambiental de Estados Unidos) está llevando a cabo un estudio sobre el impacto en la población y medioambiente, de esta técnica cuyos primeros resultados espera tener para finales de 2012. El informe completo podría estar listo en 2014.

Como ocurre frecuente y lamentablemente, los estudios científicos llegarán años después de que se extienda el uso de esta 'nueva' tecnología.

Estaremos atentos


martes, 15 de noviembre de 2011

“Esto podría dolerle”… Y al final, te duele

Hay personas que cuando están enfermas acuden a curanderos, videntes y sanadores que les dan algún remedio nada científico y aunque poco, mejoran. Efecto placebo, claro. 

Luego están otras, como yo, que depositamos nuestra fe en la ciencia, vamos al médico que nos receta algún fármaco científicamente probado… Pero ay, luego leemos el prospecto y los efectos adversos y en lugar de mejorar, empeoramos porque los padecemos uno tras otro. Efecto nocebo.

¿Son suficientes unas palabras para desencadenar toda una serie de reacciones en nuestro cuerpo que lleven al empeoramiento (efecto nocebo) o a la mejoría (efecto placebo) de nuestra salud?. Pues parece que así es. Somos más previsibles que el perro de Pavlov. Suena la campanita y ahí estamos moviendo el rabo, dispuestos a curarnos o a sufrir y padecer tan sólo porque alguien nos dice que así será. El poder de la palabra y de nuestro cerebro, que suele actuar por cuenta propia.

Aunque durante mucho tiempo los placebos se han definido como sustancias inertes, no lo son. Y no lo son en el sentido en que un placebo nunca va sólo. Se acompaña de significados, estímulos sociales y sensoriales que nos dicen que lo que tomamos produce un efecto. Si uno toma una solución salina sabiendo que es eso lo que bebe, nada ocurrirá. Pero si lo acompañamos de la mentira de que es un fármaco contra el dolor crónico, por ejemplo, muchos pacientes sentirán en mayor o menor medida una mejoría en su estado. Dejando de lado a los curanderos, en los estudios científicos y los ensayos clínicos, llevan años usando placebos y estudiando qué ocurre en nuestro cuerpo y por qué se desencadenan esas respuestas.

La otra cara de la moneda se llama nocebo: padecer los efectos secundarios de una medicación sólo por saber que existen o sufrir el empeoramiento de una enfermedad porque el pronóstico es malo. Si crees que algo te sentará mal, lo hará.

Los mecanismos neurológicos, psicológicos y bioquímicos que se esconden tras este comportamiento, aún no se conocen en profundidad, pero algunos investigadores afirman que procesos psicológicos como el condicionamiento o las expectativas, activan determinados procesos en el cerebro; una auténtica y consistente red cerebral asociada a estos efectos.  Y la ansiedad, siempre como telón de fondo. Pero el nocebo no sólo está asociado a la visión subjetiva que el paciente tiene del dolor. También se han detectado algunos factores genéticos que podrían mediar en estas respuestas.
 Y entonces, ¿qué hacemos? 

En un estudio allá por los años 80 con pacientes tratados con un fármaco para el corazón, se observó que los enfermos sufrían mucho más los efectos secundarios (vómitos y jaquecas) cuando previamente el médico les había advertido sobre ellos.  

Entonces, ¿es mejor que no nos digan nada?, ¿es preferible una mentira piadosa?. La respuesta no es sencilla, claro.  
En algunos países donde las demandas son frecuentes, los médicos han de protegerse y por ello no se guardan nada. Describen minuciosamente cualquier cosa que pueda ocurrirle al paciente por tomar una medicación, lo que aumenta los riesgos de padecer el efecto nocebo. En otros países, la balanza se queda justo en el punto de equilibrio: contar pero sin darle demasiada importancia para que nuestros cerebros integren que son efectos secundarios que sólo a veces se sufren. Claro que, ¿cómo distinguir si lo que uno padece es nocebo o es verdaderamente consecuencia de la medicación?. Difícil cuando los síntomas son exactamente los mismos e incluso pueden verse, mediante escáner cerebral, la zona del dolor activada. No es que imaginemos que nos duele, es que duele de verdad.  

El problema añadido del nocebo es que además es contagioso. En 1962, los trabajadores de una fábrica de ropa estadounidense, comenzaron a sentir en cadena vómitos, fiebre y dolor de cabeza. El supuesto responsable del contagio masivo era un mosquito llegado de Inglaterra. Pero ni mosquito ni enfermedad. Sencillamente uno tras otro fueron adquiriendo los síntomas del de al lado.

Así que por el momento, lo único que podemos hacer para combatir el nocebo es confiar en los médicos y en los fármacos, no preguntar en exceso si uno tiende a la hipocondría. E intentar bajar nuestro nivel de ansiedad 
Y si no, siempre podemos seguir los consejos de este tráiler del estupendo programa de ‘Escépticos’.



*Por su trabajo sobre el efecto nocebo, Penny Sarchet ha sido la ganadora del 'Wellcome Trust Science Writing Prize 2011', premio que entrega, entre otros, el periódico The Guardian.

jueves, 3 de noviembre de 2011

FAKE


El psicólogo social Diederik Stapel se sienta con sus colegas y estudiantes de laboratorio y juntos proponen una hipótesis: -¿No os parece que un ambiente caótico (como la presencia de basura en una calle) puede producir la creación de estereotipos que finalmente llevan a la discriminación?. - Ah, pues podría ser.  –Venga, pues vamos a hacer el trabajo de campo: dos encuestas a pie de calle a ver si esa situación imaginada se traduce en algo real.

Así es más o menos como me imagino que se planteaba este investigador holandés pillado por fraude científico a gran escala (hasta el momento, decenas de artículos con datos falsos), sus trabajos. En principio no se diferencia en exceso de otras áreas científicas: uno plantea una hipótesis basada en conocimientos previos e intenta demostrarla.

El problema venía después: en lugar de recoger datos, Stapel se los inventaba y luego se los daba a sus estudiantes para que realizaran el análisis propuesto. Aseguraba que poseía una red de colaboradores que le proporcionaban los datos, así que nadie en su entorno sospechaba de que pudiera ser mentira.

Gracias a este sistema, este joven investigador consiguió lo que muy pocos a su edad: publicar en las mejores revistas científicas, como Nature o Science. Esto hizo que tuviera una gran reputación dentro del campo de la psicología social y que hasta recibiera premios por ello.


 ¿Cómo se consigue colar una y otra vez datos falsos?

Si uno trabaja, por poner un ejemplo, en melanoma maligno, y trata de demostrar la implicación de una proteína en el proceso tumoral, no es fácil colársela a los colegas. ¿La razón?. Hoy en día hay miles de grupos trabajando en el campo de la oncología. Se sabe por dónde van las investigaciones actuales y por supuesto algún grupo intentará reproducir los resultados que se proponen para ver que eso tiene sentido. Además, la metodología que se utiliza está muy bien establecida y en la revisión por pares miran con lupa cómo se han llevado a cabo los experimentos para llegar a esa conclusión.

En un campo de trabajo en el que las investigaciones se basan parcialmente en encuestas, la cosa parece algo más sencilla, ya que poner en duda lo que al investigador le han dicho sus encuestados es difícil dado el carácter subjetivo del trabajo. Reproducir esos mismos datos de forma exacta, también es tarea ardua. Si además se elige una hipótesis de partida que no parece descabellada, la aceptación es sin duda más sencilla.

Pero si conseguir confirmar una hipótesis de partida es difícil de por sí, inventársela tampoco es sencillo. Y esa ha sido la fisura por donde han salido a la luz los datos falsos de Stapel. Hacer cuadrar con la metodología la estadística de un montón de datos que van a ser revisados nada más y nada menos que por Nature, requiere un manejo hábil de los mismos. Y me imagino que cuando tu prestigio ya ocupa más que tus publicaciones, te relajas.

Pero no ha sido la revista y su revisión por pares la que ha dado con el fraude. Han sido sus estudiantes, aquellos que tenían que perder sin saberlo su valioso tiempo analizando datos y más datos inventados por su jefe. De pronto algo no les cuadró y lo comentaron con otros colegas del instituto donde trabajaban.

Stapel está arrepentidísimo y lo ha reconocido todo: "He fallado como científico, como investigador. He modificado los datos de los estudios y los he falseado. No sólo una vez sino varias y no de forma puntual sino durante un largo periodo". 

Demasiada sinceridad tras tanta mentira.

Otros casos de fraude

Las células que no llegaron a ser ‘madres’

Cuando salieron a la luz casos de fraude científico tan llamativos como el del investigador surcoreano Dr. Woo Suk Hwang, que publicó en Science dos artículos que mostraban grandes avances en la investigación con células madre, la revista se defendía parcialmente de las acusaciones con un editorial en el que Donald Kennedy, su editor, explicaba cómo el procedimiento de revisión había sido correcto, aunque admitía que en el futuro habría que tener más cuidado con artículos que son de interés público, que son controvertidos o sorprendentemente novedosos. Además de extremar el cuidado en la revisión de este tipo de investigaciones, existe la dificultad de detectar ciertas mentiras científicas.

Primero porque la revisión por pares (el método de publicación más ampliamente aceptado) no es infalible. Las hipótesis que plantea una nueva investigación científica no son corroboradas hasta tiempo después, hasta que otros científicos repiten esos resultados, así que los revisores han de basarse en su conocimiento sobre el tema, las investigaciones previas, el análisis de una metodología que sea posible. Y cierta confianza en que el trabajo que han de revisar entra dentro de la buena práctica científica.

En segundo lugar porque muchos de los fraudes científicos no son tanto mentiras como posibilidades científicas en un futuro próximo. Es decir, son fraudes y deben ser detectados y castigados, pero hasta cierto punto es comprensible que varios expertos en la materia no sean capaces de darse cuenta, ya que la investigación en cuestión va por ese camino y son unos resultados más o menos esperables a corto plazo.

El autismo y las vacunas

En algunas ocasiones, cuando se descubre un fraude científico, éste ha calado tanto en la sociedad que el daño producido es difícilmente reparable.

Es lo que ocurrió con el investigador británico Andrew Wakefield, que relacionó la vacuna triple vírica con casos de autismo y trastornos similares como Asperger. Todo inventado, pero hoy en día no es difícil encontrar a personas que afirman no querer vacunar a sus hijos (una decisión francamente peligrosa) por su relación con estas enfermedades.

Algunos como Wakefield, mienten por dinero. Otros como Stapel o Woo lo hacen por prestigio (que también conlleva más financiación y más dinero) y por la continuidad de su carrera.

A pesar de que Wakefield ha sido condenado y sus colegas han rechazado por unanimidad su trabajo, muchos siguen creyendo en su conclusión ya que,  desafortunada y frecuentemente, las grandes mentiras calan más que las ‘pequeñas’ verdades.