jueves, 20 de octubre de 2011

No tienes visión espacial

“Mañana os van a hacer una prueba de inteligencia. No es obligatoria pero se valorará que la hagais”.

Con estas palabras nos vimos amenazados una tarde allá por los años 90 en el instituto. Los más empollones temblábamos pensando que la verdad podía salir a la luz y descubrirse que no erámos tan listos, sino simplemente eso, empollones; los más vagos vieron su oportunidad de demostrar que sus malas notas se debían a un ‘no quiero’ en lugar de a un ‘no puedo’; otros decidieron hacer ‘peyas’ e irse a jugar al mus y vivir para siempre con la eterna duda de cuáles eran sus capacidades.

Fuera del ámbito académico e investigador, siempre nos ha resultado más difícil establecer qué es la inteligencia y quién está en posesión de ella (de ahí que hablemos de inteligencia emocional, afirmemos que alguien es sobresaliente para los estudios o digamos que aquel es muy listo para la vida). Con la tontería la cosa nos resulta más sencilla y sin necesidad de compartimentos, y nuestras afirmaciones rara vez van más allá de 'ese es tonto y punto'. Pero volviendo a la psicología y a la neurociencia.

El test duraba varias horas y lo recuerdo como algo agotador y que dejaba el cerebro frito. Suerte para aquellos que optaron por el mus: había que colocar figuras en el espacio, hacer cálculos matemáticos, jugar con los colores y el lenguaje, alzar planos en minutos, ver cosas que sabiamos que estaban ahí pero que desgracidamente casi nadie veía, resolver problemas de lógica nada lógicos.


Cerebro frito por lapolab
Pero lo peor no fue hacer el test. Lo malo vino luego con los resultados. Nos daban un porcentaje de inteligencia general: 97%. Pensé con alegría que a lo mejor era más lista que empollona. Pero claro, con 15 años los secretos no se guardan y pronto los pasillos del instuto se llenaron de voces que cantaban sus porcentajes. ¡Había cientos de 99% de inteligencia general!. Vaya.

Además de esa inteligencia a grandes rasgos, en el informe nos daban datos más detallados de nuestras habilidades: expresión escrita, matemáticas, visión espacial (por lo visto yo era buenísima en ésta última). Y luego nos orientaban hacia qué carreras estábamos mejor encaminados (dando por hecho que había que estudiar una carrera). Con mi ya no tan sobresaliente 97%, me dijeron que debería estudiar arquitectura o alguna ingeniería. Y yo que quería ser escritora.

A pesar de que todos nos quedamos con ese porcentaje general, estos estudios que se hacían por aquel entonces, se basaban en la descripción de inteligencia de Howard Gardner, agrupada en la Teoría de las Inteligencias Múltiples’, lo que suponía en realidad un bálsamo porque implicaba que todos éramos inteligentes en algo. Y si le quitábamos ese ‘en algo’, al final nos quedaba que en efecto éramos inteligentes.

Algunas de las múltiples inteligencias: lógica-matemática; espacial; lingüística; musical; interpersonal; intrapersonal; naturalista e incluso existencial o filosófica. Era realmente complicado no destacar en alguna.

Pero esta teoría no era ni es aceptada por todos (lamentablemente para muchos), en particular por mi profesor de matemáticas, que me regaló un comentario en rojo en un examen que tiraba por la borda cualquier test de inteligencia. 

Y tampoco por algunos neurocientíficos, cuyos estudios basados en el grosor de la corteza cerebral, apuestan por una única capacidad general (llamada g) implicada en el resto de habilidades y que descartan la teoría de Gardner.

Otros, como el trabajo publicado ayer en Nature, afirman que la inteligencia cambia a lo largo de la adolescencia con el desarrollo del cerebro, y que puede aumentar o disminuir, de forma que esos índices que se nos quedaron marcados para siempre podrían ser distintos 20 años después.

Y tal vez, quién sabe, aún estemos capacitados para ser aquello con lo que soñábamos en el instituto.


lunes, 10 de octubre de 2011

El ataque silencioso de un tumor muy bien armado


La semana pasada nos despertábamos con la noticia de la muerte de Steve Jobs, fundador de Apple. Visionario, revolucionario y genio. Son algunas de los adjetivos que se pueden leer sobre él estos días. Pero mi propósito hoy no es hablar de él o de la revolución tecnológica y social que deja atrás, sino intentar entender y acercarnos un poco más al cáncer de páncreas, la enfermedad que ha acabado con él*.


¿Por qué el cáncer de mama tiene un índice de curación cercano al 60% y  sin embargo el de páncreas no supera el 5% y es particularmente letal?. 

La respuesta inicial es que son enfermedades distintas. Aunque compartan unas mismas características básicas que permiten agruparlas en un mismo lugar y bajo un mismo nombre, los distintos tipos de cáncer hace tiempo que se consideran patologías bien diferenciadas y los investigadores trabajan bajo esa premisa.

¿Por qué es tan agresivo el cáncer de páncreas?

Para empezar, hay que luchar en 3 frentes distintos, los principales componentes implicados en el desarrollo de la enfermedad:

1.    Células madre cancerígenas (Cancer Stem Cells): son las células que inician y permiten el desarrollo del tumor y son especialmente resistentes a la quimioterapia y radioterapia. El problema añadido es que, como células madre que son, mantienen la capacidad de autorrenovarse y de diferenciarse en otros tipos celulares, favoreciendo el crecimiento del tumor y la progresión de la enfermedad.

2.     Células cancerígenas ya diferenciadas que poseen mutaciones genéticas que las convierten en malignas y que tienen alteradas numerosas vías de señalización.

3.      Estroma: es el entramado de distintos tipos celulares y componentes de la matriz extracelular que rodean al tumor, permitiendo el sostén y la comunicación de éste con el exterior.

Dificultad en el diagnóstico

Este tipo de cáncer es uno de los más silenciosos porque muestra muy pocos síntomas, algunos de ellos como el dolor abdominal, compartido con decenas de patologías menos graves. Este silencio hace que detectarlo en estadíos tempranos sea complicado. Cuando su manifestación ya es visible (por ejemplo por la coloración amarillenta de la piel), la enfermedad suele estar muy avanzada. Además, debido a la localización del páncreas, es difícil detectar un tumor mediante pruebas rutinarias.

Fracaso de la quimioterapia

Los tumores funcionan como órganos en el sentido en el que se rodean de vasos sanguíneos que permiten la llegada de nutrientes que lo alimentan (y de los fármacos). En el caso del cáncer de páncreas, la vascularización es muy limitada, por lo que los agentes anti-tumorales no alcanzan el tumor. Aún se desconoce cómo sobrevive tan bien a pesar de la baja vascularización.

Además, no todos los pacientes con este tipo de cáncer presentan las mismas mutaciones genéticas, por lo que el tratamiento ha de ser individualizado. Resulta imprescindible conocer a qué medicamentos responde mejor el paciente. Para ello, el centro Johns Hopkins de Baltimore, investiga en fase experimental la reintroducción del tumor extirpado al paciente en ratones sobre los que se prueban los distintos fármacos para saber ante cuál responde mejor.

Metástasis

El retraso en el diagnóstico hace que células del tumor primario puedan desprenderse de éste para viajar a otras localizaciones, como el hígado o los pulmones, creando tumores secundarios y empeorando aún más el pronóstico de la enfermedad.

Causas desconocidas

En una revisión sobre el cáncer de páncreas publicada por el investigador Manuel Hidalgo, del CNIO, se comenta que aún no se conoce la causa de la aparición de este tipo de cáncer, pero se citan algunos factores que podrían estar implicados: el tabaco (el riesgo de padecerlo aumenta entre 2,5 y 3,6 veces en fumadores), el consumo de alcohol, cafeína y aspirinas (aunque no hay muchas evidencias al respecto, los datos hasta el momento son limitados), diabetes o antecedentes familiares (entre el 5 y el 10% de los pacientes tienen familiares que han padecido la enfermedad).

A pesar de que se ha avanzado mucho en el conocimiento de la biología del cáncer de páncreas (inlcuso ya ha sido secuenciado su genoma), por el momento esto no se ha traducido en una mejora de la esperanza de vida de los pacientes.

Casos extraordinarios

A principios de este año se conocía el caso del primer paciente con cáncer de páncreas avanzado 'curado'.

El médico, Manuel Hidalgo, participaba en el tratamiento experimental llevado a cabo en el hospital Johns Hopkins (comentado más arriba), donde se extirpó el tumor a un hombre con una esperanza de vida de semanas.  El tumor se introdujo en ratones y se probaron en ellos los distintos fármacos. En poco tiempo y sin daño para el paciente, vieron que lo que mejor funcionaba era la mitomicina C, un fármaco que impide la duplicación del ADN y por tanto la multiplicación de las células. Tras varias semanas de tratamiento, las células tumorales fueron desapareciendo hasta que no quedó ni rastro del tumor primario.

Eso sí, no puede hablarse de curación hasta que pasen 5 años, y el paciente aún sigue luchando contra una metástasis en el pulmón. Pero no deja de ser la primera vez que se consigue poner freno a un cáncer de páncreas tan avanzado.

El futuro

La medicina personalizada, que combina un análisis genético del tumor del paciente con otro que muestra su respuesta a los fármacos existentes y a los que aún se siguen desarrollando.

*en realidad Steve Jobs ha muerto a causa de una variante del cáncer de páncreas menos agresiva (de ahí que haya sobrevivido 7 años desde su diagnóstico), un tumor neuroendocrino que afecta a algunas hormonas y que es más fácilmente detectable. 


lunes, 3 de octubre de 2011

Vivir acorta la vida

Texto: Isabel Molina

Un estudio afirma que el café disminuye en un 15% el riesgo de padecer depresión en mujeres.

Casi cada día podemos leer este tipo de noticias científicas: el queso aumenta el riesgo de padecer cáncer, bailar salsa lo disminuye…y así un sinfín de actos cotidianos que aparentemente están relacionados con nuestra salud.

Algunos hábitos ya se sabe, con la ciencia en la mano, que son malos, como fumar o tostarse bajo el sol. Pero claro, estos otros estudios no explican el cómo. Ni un atisbo de la relación directa entre cafeína y depresión, ni un ensayo bioquímico, ni una propuesta de ruta molecular…. Sólo son estudios de comportamiento. Es decir, que si yo tengo cáncer pero es que además me chiflan los plátanos…. ¿podemos concluir sin más que los plátanos han podido ser definitivos para el desarrollo de mi enfermedad?.  

La cosa es la siguiente: unos investigadores de la universidad de Harvard deciden hacer un seguimiento durante 10 años a mujeres que toman café. Durante ese tiempo han de rellenar unos cuestionarios en los que se les pide que anoten el consumo de cafeína del último año (el margen de error aquí debe de ser tremendo) y que describan cómo se sienten. Y han de hacerlo ellas mismas, un autodiagnóstico en toda regla.

Digo yo que en 10 años pueden ocurrirte muchas cosas que se asocien con la sensación (o el hecho) de estar deprimido, como una ruptura sentimental, una situación laboral crítica o factores genéticos que predisponen a la depresión. Pero claro, si el factor determinante en el que se fijan los investigadores es el café, el que previamente habían considerado como implicado en la depresión, la cosa se vuelve de lo más simplista. Y entonces pones en una columna a las mujeres que sufren o han sufrido depresión (autodiganosticada, recordémoslo) y voilá, resulta que hay un 15% más de mujeres que no tomaban café en esa columna. Aunque también muchas que sí tomaban, por supuesto. Pero en eso no hacen hincapié.



Y con eso ya tienes una nueva publicación científica. En ella añades que es un estudio preliminar y que habrá que hacer sucesivas investigaciones y….a engordar curriculum.

El problema es que el funcionamiento de la ciencia requiere publicar para hacer una carrera científica. Hay mucha competencia y el ansia por publicar hace que de una mera observación sin explicación científica, se obtenga no sólo la publicación en una revista especializada, sino un titular en la prensa. Un titular que no perdurará en las cabezas de los lectores porque mañana habrá otro similar en el que se nos diga que beber vino previene o provoca cáncer. Sí, ambas cosas.

Existe una lista elaborada por el Daily Mail en la que podemos ver una recopilación de sus artículos periodísticos sobre estudios de cáncer en relación con los hábitos de vida y la alimentación, y claro, está plagado de elementos que a la vez lo provocan y lo previenen (chocolate, cerveza, ¡los niños!, queso, aspirina o incluso tener perro) y actividades como bailar o ir al cine que lo previenen.

Este tipo de trabajos me recuerdan a algunos basados en un escáner cerebral, en los que finalmente uno llega a la conclusión de que el cerebro ‘hace cosas’. Y nosotros también, menuda novedad. Y mientras eso siga ocurriendo las revistas científicas y los periódicos se llenarán de observaciones como ésta en las que mi conclusión, al menos, es que vivir acorta la vida.


*Más en 'Bad Science': http://www.guardian.co.uk/commentisfree/2011/sep/30/run-your-own-scientific-trials