viernes, 15 de julio de 2011

Sin cerebro pero con personalidad

Texto: Isabel Molina
Foto y video por cortesía de Oceana

Contar o no una mentira piadosa, dejar para más tarde esa llamada que nos inquieta o enfrentarnos a un jefe explotador.

Cada día nos enfrentamos a decisiones más o menos difíciles. Pensamos, estudiamos las consecuencias y decidimos. Y todo esto se engloba dentro de nuestra personalidad, aquellos rasgos que nos definen y nos distinguen de cualquier otra persona.
Por su origen etimológico, asociamos el término personalidad a las personas, desde luego. Pero no es extraño oír hablar de la personalidad de animales como perros o gatos, loros o monos. Les concedemos esa cualidad en principio humana porque nos resulta claro que al igual que nosotros toman decisiones y manifiestan comportamientos distintos entre ellos dependiendo de las circunstancias y de su propia naturaleza individual.
 ¿Pero qué ocurre con animales más ‘simples’, aquellos que carecen de cerebro y que tienen un sistema nervioso realmente sencillo?, ¿tienen personalidad las anémonas, por ejemplo?
Tomate marino (Actinia equina). Isla de Alborán, Almería
EUO © OCEANA Juan Carlos Calvin
Las anémonas poseen una red de terminaciones nerviosas extendida por su cuerpo pero carecen de un cerebro como tal. Aún así, dos científicos de la universidad de Plymouth se pusieron manos a la obra para conseguir responder a esta pregunta y centraron su estudio en cómo respondían las distintas anémonas de una misma colonia a las amenazas (lanzamiento  de un chorro de agua!) y cómo actuaban en situaciones de lucha entre ellas.
Los resultados: se encontraron diferencias de ‘personalidad’. Algunas permanecían más tiempo escondidas tras el ataque con agua. Otras más valientes volvían a asomarse rápidamente. En cuanto a la lucha entre ellas, no todas estaban dispuestas a dejarse picar por su enemiga tras una valoración del adversario y se retiraban. Y aunque el tamaño resultó esencial, no siempre fue determinante en los ataques filmados, ya que si una anémona conseguía picar a otra y ésta no se retiraba, el factor clave resultó ser el tamaño de sus nemocitos (células que producen el veneno que inyectan al picar) y el daño que producían en la piel del adversario.

Además, los cambios introducidos en su microhábitat (como cambios en la temperatura) mostraron que los distintos individuos seguían manteniendo sus particulares formas de actuar frente a las amenazas externas o de individuos de su colonia.
Así que a pesar de ser animales con un sistema nervioso sencillo, sin cerebro, parece que muestran rasgos que las distinguen de otras, que toman decisiones según varios factores, y que en definitiva, aunque nunca tengan que lidiar con dudas sobre si dejar o no un trabajo, las anémonas tienen su pequeña personalidad.


jueves, 7 de julio de 2011

Proyecto Nim


Nim Chimpsky. El nombre resulta vagamente familiar.

Pero no es sino cuando se pronuncia en voz alta, que adquiere una sonoridad sospechosamente parecida a la de Noam Chomsky, lingüista y filósofo norteamericano que teorizó que el lenguaje tal y como lo conocemos es único de nuestra especie.


El chimpancé Nim. Foto: Proyecto Nim

No es casualidad que este chimpancé vestido con ropas de los 70 se llame así. Fue elegido en aquellos años para participar en un proyecto ambicioso sobre el estudio del lenguaje de los chimpancés, el Proyecto Nim.

Aunque ya se presentó en el Festival de Sundance, el 8 de julio se estrena en Estados Unidos el documental dirigido por James Marsh que cuenta la historia de este primate que vivió en pleno centro de Manhattan rodeado de humanos, que aprendió el lenguaje de signos de los sordos y que cambió la percepción de la relación entre hombres y monos.

El viaje de Nim
La idea de este experimento fue de Herbert Terrace, un psicólogo de la Universidad de Columbia que trataba de mostrar que podía superarse una de las grandes barreras que separan a los humanos de los primates, el lenguaje. Y que una vez aprendido el lenguaje de los signos, un chimpancé podía contar lo que estaba sintiendo. Para ello ideó un experimento de inmersión de Nim en el mundo de los humanos…en plena ciudad de Nueva York.

El pequeño chimpancé fue arrebatado de los brazos de su madre en un centro de investigación de primates en Oklahoma y fue rápidamente entregado a Stephanie LaFarge, estudiante de psicología con Terrace y la que sería su madre humana adoptiva.

La familia LaFarge lo acogió como a un miembro más. Le pusieron pañales, le vistieron como a un bebé y Stephanie Lagrange se lanzó sin titubear a la tarea de amamantar al animal, olvidando que estaba dándole el pecho a un animal salvaje y poderoso que podía herirla seriamente.

Cara a cara. Foto: Proyecto Nim


Pero en aquel hogar nadie conocía bien el lenguaje de signos, por lo que Nim fue pasando por distintas manos hasta que el propio Herbert Terrace canceló el proyecto, publicó un artículo en la revista Science descartando que estos animales puedan formar frases completas y el chimpancé acabó aislado en un centro de primates primero, y en manos de una farmacéutica después. Triste y solitario final para un animal que siempre había convivido rodeado de humanos.

Por el camino Nim aprendió unas 120 palabras del lenguaje de signos, y aunque las aspiraciones sobre la evolución del lenguaje de Terrace no se cumplieron, el chimpancé mostró que se había establecido una comunicación, basada en la comprensión y un afecto profundo, entre él y sus cuidadores.

El documental nos muestra a través de testimonios e imágenes de aquella época, que finalmente no fue el ser humano el que transformó a Nim dotándole de cualidades humanas, sino más bien, según afirma su director, fue el chimpancé el que cambió para siempre a los humanos que convivieron con él.

Washoe, la pionera
La utilización del lenguaje de signos por parte de los chimpancés no fue una ocurrencia de Terrace. Washoe fue el primer no-humano en aprender esta forma de comunicación, con la que llegó a ‘pronunciar’ más de 350 palabras.

Los primatólogos estadounidenses Roger y Deborah Fouts se encargaron de enseñárselo, pero el legado de Washoe (que falleció en 2008) fue más allá de la sorprendente capacidad de los chimpancés para la comunicación. Enseñó a sus cuidadores que estos primates tienen una moral, un sentido de lo que está bien y mal, hablan entre ellos, muestran compasión por el sufrimiento ajeno, mienten y sobre todo, son capaces de transmitir esos conocimientos a su descendencia (Washoe enseñó el lenguaje de signos a sus crías).


Nim o Washoe. Aunque los chimpancés no parezcan tener la capacidad de comunicarse tal y como lo hacemos los humanos, hay una cercanía entre especies evidente, que permite la comunicación y deja hueco al entendimiento mutuo. Unos rasgos comunes que en ocasiones pueden hacer olvidar que, aunque nos parecemos, no somos exactamente lo mismo.