miércoles, 30 de marzo de 2011

Versiones modernas pero tristes de mitos griegos

Isabel Molina


Si uno oye la palabra Diógenes, es muy probable que automáticamente piense en enfermedad y en su mente se construya al instante la imagen nítida de los que padecen el síndrome que lleva su nombre: abandono, soledad, suciedad, degradación física y acumulación de basura.

Pero si oímos hablar de Ulises, probablemente pensemos en largos viajes y aventuras por el mar del personaje de la Odisea de Homero, que trata de regresar a Ítaca. Pero este héroe griego también tiene un hueco en la lista de enfermedades relacionadas con la sociedad en la que vivimos: el síndrome de Ulises, que padecen algunos emigrantes y que se traduce en un estrés, inadaptación y sentimiento de soledad crónico.

En cuanto al primero es más fácil de detectar por la degradación física tan visible. Pero el segundo pasa más desapercibido porque una cara triste no es precisamente algo extraordinario.

Tratando de investigar qué ocurre exactamente con estas enfermedades, me encuentro con que casi todos los expertos coinciden en que la soledad y la inadaptación son elementos comunes a dos síndromes bien diferenciados.

La adopción de Diógenes para nombrar este síndrome viene por la comparación que se hace de la figura del filósofo Diógenes el Cínico y los que lo padecen. Pero Diógenes el griego decidió ese modo de vida en un intento de promulgar sus ideales: la independencia de lo material. De ahí que vagara por las calles sacando el dedo a sus detractores o que durmiera dentro de un tonel (si él padecía algún tipo de trastorno, es otra historia).

Tristes trastos. Foto: Reina Cañí
Aunque se estima que un 3% de la población mayor de 65 años padece distintos niveles de este síndrome, el tratamiento es complicado porque los que lo sufren no tienen ninguna consciencia de padecerlo y además éste se acaba convirtiendo en un modo de vida arraigado tan fuertemente en la persona que difícilmente puede salir de ahí. Además cuando se detecta es en estadíos muy avanzados, cuando probablemente llevan años padeciéndolo.

Los psiquiatras coinciden en que la soledad y la edad son factores clave, y que muchas veces este síndrome no es una patología aislada sino que convive con otros trastornos como la demencia o el obsesivo-compulsivo.  
                                                                                         
En cuanto al síndrome de Ulises, los que lo padecen se enfrentan a estrés entendido como desequilibrio entre la demanda del entorno y la capacidad de respuesta de la persona y a un duelo entendido como proceso para integrar lo que supone la pérdida de algo querido que se ha dejado atrás (familia, cultura, lengua o entorno social). Cuando además hay que afrontar esto viviendo en situaciones extremas, el peligro de sufrir el síndrome es muy alto. Se calcula que unas 800.000 personas en España pueden tenerlo.

Fotografía: Altea Moreno
Hay que recordar que la inmigración está fuertemente asociada a situaciones traumáticas, una de las más conocidas, los viajes en patera, pero no la única. Mafias, miedo a la deportación, aislamiento, hacinamiento y carencias afectivas y materiales. Esto hace que desarrollen un auténtico terror a estímulos externos inofensivos (como un niño aterrado que piensa que sus padres no van a volver porque se retrasan) y que vean que su bien más preciado, la salud, garantía de su supervivencia, empieza a fallarles.

Según Joseba Achotegui, director del SAPPIR (Servicio de Atención Psicopatológica y Psicosocial a Inmigrantes y Refugiados), no hay apoyo social y el diagnóstico y tratamiento es deficiente muchas veces por desconocimiento y por la situación ilegal de muchos de los inmigrantes con este síndrome.

Muchos no han acabado su migración aunque se encuentren en tierra, porque como dice la canción de Javier Krahe, ‘Como Ulises’, Ítaca les está esperando.


martes, 29 de marzo de 2011

¿Qué tienen en común un avión y una célula cancerígena?

Isabel Molina


Pues aparentemente nada, pero según varios investigadores del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), nanotubos de carbono.

Los nanotubos son unas estructuras cilíndricas de tamaño microscópico (en realidad, nanoscópico, 10-9 m) hechas únicamente de átomos de carbono. Son como láminas de grafito enrolladas y las descubrió un científico japonés, Iijima, en los años 90. Lo que tienen de especial son sus características eléctricas y de resistencia mecánica. 

Nanotubos 'creciendo'. Foto: St. Stev
Estas fenomenales capacidades han hecho que las aplicaciones tecnológicas y médicas se estén multiplicando a un ritmo frenético en los últimos años.  

La industria aeronáutica no se ha quedado atrás y están construyendo aviones con materiales más resistentes hechos de carbono o vidrio embebido en una matriz metálica. Pero el problema con el que se encuentran es que estos materiales no se deforman cuando se dañan, por lo que resulta difícil detectar si lo están. Y la solución parece estar en estos cilindros microscópicos, ya que al aplicarles una corriente eléctrica se calientan y se obtiene un patrón de temperatura con una cámara infrarroja. Al menor daño, se observa un cambio en dicho patrón. 

Para aquellos miedosos que afirman que sólo volarán en avión cuando éstos estén hechos del mismo material que la caja negra, también hay una alternativa, porque estas estructuras ya se utilizan en puentes y coches para darles unas mejores propiedades mecánicas.  

¿Y qué ocurre en las células cancerígenas? 

En este caso los nanotubos servirían para ‘cazar’ células malignas que se encuentran libres en la sangre, lo que supone un novedoso método de detección de células que se han desprendido del tumor primario y viajan a otras localizaciones para formar más tumores (metástasis). En muchos casos, el cáncer se detecta precisamente en focos secundarios, lo que complica enormemente el tratamiento y las posibilidades de curación

Células de melanoma maligno. Foto: Isabel Molina
La forma de ‘cazar’ a estas células ha sido desarrollada también por ingenieros del MIT e investigadores de la Universidad de Harvard, y consiste en un objeto de consistencia fluida recubierto con los nanotubos y con anticuerpos que reaccionan con las células del tumor. Al hacer pasar la sangre las células tumorales se pegan y a continuación los médicos pueden analizarlas y saber su procedencia. Además están desarrollando el mismo sistema para la detección del virus del sida en sangre.  

En el MIT afirman que podría ser un método rápido, barato y eficaz para ser usado en países en vías de desarrollo.  

Pero como con tantos avances médico-tecnológicos que parecen perderse en su largo viaje al sur, habrá que esperar para ver eso. 

lunes, 28 de marzo de 2011

American power

Isabel Molina


Si un día cualquiera uno se fijara en el consumo energético que va haciendo a lo largo del día, probablemente se daría cuenta de que somos prácticamente incapaces de dar un paso sin accionar un interruptor. 

Central térmica en Ohio
De alguna manera esa es la intención del fotógrafo norteamericano Mitch Epstein, mostrarnos el papel de la energía en la vida diaria. Porque como él mismo afirma, es necesario conocer primero cuál es nuestra relación con la energía para poder luego tomar las decisiones adecuadas.

Central térmica en West Virginia y una refinería en California
Con motivo de la concesión del premio de fotografía Prix PICTET a Mitch Epstein, en cienciaen35mm se hizo un pequeña reflexión sobre el poder de la fotografía en la divulgación científica, y en cómo estos artistas se convierten a mi entender en científicos en el sentido en que muestran, descubren y promueven hechos que tienen que ver con la ciencia o el medio ambiente. 

Abandono en Biloxi, Mississippi y un embalse en Nevada
La presencia de la energía en estas fotografías es más que evidente, cómo en algunos lugares se convive con centrales y fábricas puerta con puerta. El problema está en que muchas veces 'no vemos' de dónde sale lo que permite nuestro estilo de vida basado en el consumo y los efectos que tienen no sólo sobre el medio ambiente sino sobre nuestra salud y bienestar. Epstein pretende que sus fotografías generen debate y reflexión para entender cómo se vive realmente en los países más desarrollados.

Perforación petrolífera en un jardín californiano y molinos de viento en Iowa
Por cortesía del propio Epstein, podemos ver aquí algunas de las fotografías de su serie ‘American Power’, fotos sencillas que hablan por sí mismas de energía, medio ambiente, dependencia y sostenibilidad.

Restos de una plataforma petrolífera en Alabama
Quizás lo más interesante de esta serie de fotografías es que no buscan lo impactante o el desastre ecológico. Tienen la naturalidad de lo cotidiano y tal vez por eso consiguen fijarse en nuestras retinas con una gran efectividad.

*El resto de fotografías de la serie 'American Power' puede verse en www. mitchepstein.net

viernes, 25 de marzo de 2011

Los científicos son los padres

Isabel Molina

Me acuerdo de la primera vez que no me llegó una nómina.

Al informar a la administración de lo que ocurría, recibí la siguiente respuesta: Sí, lo sabemos, sois unos cuantos en la misma situación, pero es que la persona que hace efectivas las nóminas está de vacaciones.

De vacaciones, sí. No había un problema gravísimo en el sistema informático, no era un error que estaban a punto de subsanar. No. De vacaciones.

En el aquel tiempo me dedicaba a la investigación en un centro del CSIC, y después de la cara que se me quedó, alguien me dijo. Bueno, pero tú vives con tus padres, ¿no?, tampoco pasa nada. 

Pero es que sí que pasa. 

Lamentablemente lo que a veces hace posible la investigación en España son los padres. Con el título de DOCTOR a modo de zanahoria que mueve al caballo, asumimos que esto es así. Que si quieres ser doctor (por otro lado requisito indispensable para hacer una carrera científica), hay que aguantar…y tener padres (que en el mejor de los casos puedan echarte una mano).

A mí no me tocó el cambio a contratos que se consiguió hace unos años. Demasiado tarde, Pero veo en la Asociación de Jóvenes Investigadores que siguen chocándose una y otra vez con la administración. 

El dinero no llega y muchos, que incluso han renunciado a otras oportunidades, se encuentran en situación límite porque la administración no cumple. 

No me extraña que haya fuga de cerebros y que los investigadores españoles busquen un lugar donde sencillamente se valore en su justa medida el trabajo que hacen, donde su situación personal quede completamente al margen de la profesional, donde no se repita aquello de ‘es que os estáis formando’. 

Siguiendo este argumento de la formación, cualquier trabajo en el que uno aprenda, mejore o se haga experto en un tema, ¿debe considerarse ‘formación’?. Cualquiera que accede a un trabajo se forma, así que sería una novedad que dejaran de considerar que te están haciendo un favor dejándote que aprendas. Porque durante ese periodo de ‘formación’, los jóvenes investigadores producen en forma de artículos y contribuyen al desarrollo científico

Investigadora trabajando en su bancada
Lo más triste de todo este asunto es que somos un país de tontos. Tenemos educación casi gratuita, todas las facilidades para estar requeteformados… y al final la gente tiene que irse (a veces voluntariamente, también es verdad) para acabar contribuyendo al desarrollo de otros países que sí creen en la importancia de la investigación y del conocimiento como riqueza. 

Sería bonito oír algún día en las noticias que el gobierno ha decidido un plan de rescate no de bancos, sino de bancadas.  

Ciencia sí, pero de ficción.



miércoles, 23 de marzo de 2011

Ratones que ya no quieren jugar con otros


Isabel Molina

Son los del laboratorio del doctor Feng en el Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT), ya que éste y su equipo han conseguido inducir comportamientos autistas en estos animales mediante la mutación de un solo gen. 

¿Un solo gen?

En realidad en los distintos tipos de autismo y síndromes relacionados existen numerosas mutaciones de diversos genes, porque rara vez la biología de las enfermedades se debe a un único elemento. Lo que han conseguido estos investigadores es recrear dos características muy comunes en las personas autistas: el comportamiento repetitivo-compulsivo y el rechazo a la interacción social.  Y lo han conseguido alterando un solo gen.

El gen en cuestión, Shank3, produce una proteína que participa en la sinapsis neuronal, de forma que la comunicación entre las neuronas se ve afectada por su mutación. El objetivo de este estudio será a corto plazo estudiar cómo son los circuitos alterados, qué otras proteínas se ven modificadas en su función para así establecer qué ocurre exactamente en el cerebro cuando este gen no funciona correctamente.



Los ratones de Feng muestran un comportamiento obsesivo sobre todo en cuanto a su aseo, y como dice el propio investigador, sencillamente “no están interesados en sus semejantes”.




En todo el mundo, 1 de cada 150 niños padece autismo, siendo la incidencia en niños mucho mayor que en niñas (4:1). El problema del tratamiento de esta enfermedad es que en los últimos 10 años se han descubierto cientos de genes alterados asociados a ella, pero cada paciente normalmente tiene sólo uno o unos pocos genes defectuosos, lo que complica enormemente hallar soluciones. 

El porcentaje de pacientes autistas con la mutación en Shank3 es pequeño, pero conocer qué ocurre biológicamente en ese contexto, servirá para extrapolarlo a otro tipo de mutaciones presentes en el autismo. Además, según los investigadores, el valor de este estudio reside en que será posible ensayar nuevos fármacos en los animales antes de probarlos en pacientes.  

martes, 22 de marzo de 2011

PSA, las siglas de la controversia


Texto: Isabel Molina
Documentación gráfica: Altea Moreno

Desde que la ciencia tiene más presencia en la vida diaria, la sociedad ha ido adquiriendo parte de su terminología como algo natural. Así, no es raro oírnos hablar de tensión arterial, colesterol (aunque en la publicidad oigamos cosas tan disparatadas como ‘me ha salido colesterol’) o transaminasas. 

Ocurre algo similar con los niveles de PSA, una proteína que produce la próstata y que con más o menos acierto, relacionamos con padecer cáncer. Ya no es extraño oír que alguien tiene que ‘hacerse una biopsia porque le ha salido alta la PSA’. Lo que ocurre es que no todos los científicos coinciden en la fiabilidad del test de la PSA. Pero antes de entrar de lleno en la controversia sobre la relación PSA-cáncer..

¿Qué es exactamente eso?

Es el antígeno prostático específico (PSA, sus siglas en inglés), es decir, una proteína específica del tejido de la próstata que ésta libera por diversas razones y no siempre patológicas. Infecciones, la ingesta de algunos medicamentos como ibuprofeno o la inflamación natural de la próstata, elevan sus niveles. 

El Dr. Richard J. Ablin, descubridor en los años 70 de esta proteína, es paradójicamente uno de los más activos detractores del test de la PSA. Insiste en que la proteína es específica de próstata, no específica de cáncer, y añade que hacer masivamente este test a todos los hombres por encima de 50 años es un gasto sanitario completamente innecesario. Según Ablin, puede darse el caso de hombres con niveles muy bajos de PSA y que tengan cáncer y otros en los que nos encontremos ante hombres completamente sanos a pesar de un alto nivel.   

Manos de más de 50 años. Foto: José Carlos Ortiz

Además, el descubridor de la proteína afirma que el test no sirve para diferenciar los dos tipos de cáncer de próstata (el más peligroso del que no lo es) y que lo único que produce es la necesidad de hacer otras pruebas derivadas como biopsias a un montón de pacientes innecesariamente.

Sin embargo, y ahí está la controversia, en los últimos años algunos investigadores han llevado a cabo estudios en los que sí creen que el test de la PSA salve vidas. En concreto, uno publicado en la revista The Lancet en 2009, llegaba a la conclusión de que la muerte por est enfermedad se reducía a la mitad, que además se detectaba el cáncer en estadíos más tempranos y que había que realizar pruebas a 12 hombres para salvar a 1, pero que se salvaba. A pesar de estos resultados, no fue un estudio que se librara de la controversia por el tiempo que duró, número de pacientes y otras metodologías que no todos los científicos compartían.
 
El Dr. Ablin, que tiene una fundación de investigación del cáncer de próstata, matiza que el test sí tiene un espacio y no hay que despreciarlo: después de un tratamiento por cáncer de próstata, un rápido aumento de los niveles de PSA indica que la enfermedad ha vuelto. Añade además que hombres con un historial familiar de este tipo de cáncer sí que deberían controlar su PSA habitualmente. 

En lo que sí coinciden los investigadores y con eso hemos de quedarnos, es que niveles altos de PSA no implica que uno tenga cáncer. 

Aunque la controversia continúa.